Las salidas de la cloaca: Cómo capotear la violencia en el México narcotizado del siglo XXI

La guerra que se libra en México contra el crimen organizado reordena los espacios físicos y recompone los valores sociales aplicables al nuevo entorno geopolítico de una nación confrontada. La experiencia prolongada e indefinida de situaciones como ésta genera la inscripción de nuevas distancias sociales dadas por desplazamientos que interpelan directamente el cuerpo y que forman parte de la cartografía de dicha guerra. Este fenómeno afirma nuevos tipos de violencia antes inadvertidos que se traslucen a nivel social como mecanismos diferenciadores en los espacios de convivencia y de extrañamiento radicalizado de unos frente a otros.

El problema del narcotráfico y subsecuentemente de la violencia que acarrea, cobra sentido al momento de topar la vista con lo que pareciera ser una puesta en escena de la vida social cuyos hilos suelen ser teledirigidos por sistemas políticos ajenos que contraponen en buena medida las posiciones en el mapa de nuestro espacio nacional. Nuestro México, atollado entre la tradición y la modernidad, es ya visto a los ojos del mundo como un “foco de infección” por cuyos resquicios se ha ido expandiendo el negocio, saliéndose completamente de las manos hacia diferentes geografías del continente americano, asimismo es visto como un rincón intolerante donde tanto ejército como grupos de sicarios aumentan como nunca sus filas para defender con sangre los nuevos límites territoriales que nos definen como nación.

Del otro lado del estereotipo capitalista profundamente hedonista donde el sueño de la sociedad de consumo se materializa como un simulacro cundido de violencia simbólica, existe esta evidente contraparte: la de ser “narco” como la construcción de una forma subversiva de reapropiarse las mieles del capitalismo. La carga de “exotismo” que históricamente nos ha caracterizado como nación ha sido recirculada hasta el cansancio alrededor de esta mezcla de realidad y cliché que comporta esta nueva esfera de acción. A todos nos ha tomado por asalto ese cúmulo de imágenes recrudecidas que no sólo no tienen cabida dentro de los parámetros del idilio de sociedad que imaginamos para el México del siglo XXI, sino que intencionalmente nos escupen un lado oscuro que muchos nos resistimos a ver, producto de una negación histórica que no tiene más que de testigos a los mismos “parias” que hemos dejado al margen del “desarrollo”, esos mismos que se han convertido en el semillero y ejército de reserva de los que mueven el pandero en la antesala del “infierno”.

Vivimos cotidianamente tapando una cloaca donde contiguos se hallan los hijos y ahora los nietos de la crisis. Es ahora más claro que nunca, pero ¿qué se debe hacer con un narco-niño de catorce años que al ser apresado, declara sin empacho frente a las cámaras que el finado en cuestión era el doceavo o quinceavo en su lista? ¿Dónde ubicamos esta culpa? ¿Cuál es el debate ético idóneo a este respecto? ¿Cuántas correccionales hacen falta llenar y/o cadenas perpetuas asignar?, si cada día más y más jóvenes sin grandes posibilidades de cambiar sus condiciones sociales y materiales de existencia crecen con el “sueño del sicario” a cuestas, anhelando “la banda norteña, los carros de año, las mejores plebes (…), pura buchanita del sellito rojo”, cumplir sus antojos a diestra y siniestra, apostando millones y pomposamente acompañados de “gente muy buena y de muy alto rango”. O en todo caso, ¿qué se debe pensar de una niña de dieciséis años que se deja acaparar por un “narco-amante” o proxeneta como única forma de movilidad social?, jovencitas que se hallan cada día más expuestas a abusos sexuales, maltrato físico, consumo de drogas, a cambio de ver cumplido un compendio de crudas aspiraciones de farándula en un mundo donde “sin tetas no hay paraíso”. Éste parece ser el escenario actual donde la adolescencia se convierte en un salto abrupto a una adultez monitoreada por las narco-redes plagadas de calendarios y geografías equívocas que desafortunadamente acaban en tragedia la mayoría de las veces.

Aparentemente no queda más remedio que vislumbrar nuestro propio auto-boicot frente a una narco-cultura que espectaculariza de manera impresionante los clichés del “México bárbaro”, un panorama desolador donde el grueso de la población debate su espíritu entre no hacer nada porque “no hacer nada salva a veces el equilibrio del universo” o acostumbrar sus cuerpos a la violencia hasta el punto de convertirla en una norma, auténtica e imperceptible, bajo la cual todos devenimos testigos ocultos. Nos hallamos inmovilizados como sociedad frente a una realidad televisada que resulta ser la propia, inciertos y paralizados viendo pasar balas y muertos rozando nuestras miradas, descuartizados, degollados, mutilados, a la par de fenómenos como la trata de blancas, el tráfico masivo de indocumentados, las redes de pornografía infantil y las oleadas de secuestros.

Frente a un panorama como éste, la experiencia de la violencia en el México de hoy debe entenderse de primera mano como el estandarte de lo disidente, de una subjetividad que a muchos provoca temor, que se empodera y entroniza frente al estado actual del poder institucional, asumiendo socialmente otro cuerpo como modo de resistencia, un batallón de cuerpos violentos que tras haber sido gradualmente violentados por los fuegos cruzados de la historia, luchan encarnizadamente por conseguir la hegemonía en sus propios términos. No obstante, un conflicto de tal magnitud encarna una imperante necesidad de traducción cultural. En este tenor, resulta urgente entender que el problema de la violencia no es el de la violencia-a-secas. Ésta es, en el mayor de los casos, carroña para los medios masivos, una puerta o salida falsa cuando nos damos cuenta que en realidad somos incapaces de ver el fondo turbio de un río lleno de aguas revueltas.

Habitamos un territorio donde se libra una particular guerra entre “los de arriba”, entre los unos y los otros “señores del narco”, como son acuciosamente llamados por la periodista Anabel Hernández, una batalla sin cuartel entre dos caras apabullantes del poder que dirigen la contienda a manera de video-juego, generando la imposición de un sistema binario (ajeno en términos generales al grueso de la población) en el seno del tejido social que confronta  pretendidamente a los que están por el “lábaro patrio” con los que están por el “narco-corrido”.

Cómo invisibilizar la violencia en un país donde el presupuesto militar ha aumentado a más de 120 mil millones de pesos anuales en los últimos tres años, donde a la par de dicha escalada tecno-bélica se estimaron durante el último año más de 30 mil homicidios relacionados con enfrentamientos entre tales bandos, donde las armas son enseres de primera necesidad para el actual proyecto de nación, donde las granadas, tanques y misiles se dan un “tirito” con metralletas y “cuernos de chivo” en la arena cotidiana como reflejo del auge de un mercado de armas de escala internacional, en un país donde una turbia verdad revela a un crimen organizado contrapuesto a una instancia política desorganizada.

México requiere urgentemente una revisión de su proceso civilizatorio, una meticulosa inmersión en sus esquemas de vida que no haga caso omiso a las concomitantes del cuerpo, a sus hábitos más encarnados, sendas pedestres, lenguajes proscritos y agrestes conminaciones. Es preciso dar cuenta de una vez por todas que aquel “salvaje” que creíamos ajeno se encuentra palmo a palmo con el  “civilizado”, cohabitando a escondidas la covacha de aquellos seres con poder que han hecho de la violencia un monopolio auto-contenido, un silenciamiento hipócrita de las pequeñas prohibiciones que van modelando la estructura emotiva de nuestra sociedad, hoy al borde del desquicio.

Nuestro México del siglo XXI debería ser el vívido reflejo del pensamiento de José Martí al hacer referencia a “Nuestra América”, una y diversa. Dicho de esta manera, el pegamento de una sociedad como la mexicana no debe estar fincado entonces sobre la base de airadas consignas nacionalistas. Éstas no hacen más que exacerbar el sentimiento por una patria imaginada que ha dejado constantemente fuera del espacio nacional a experiencias históricas que son el magma constitutivo de la lucha social contemporánea. La identidad mexicana no debería pretender ser más que un compendio de lo que el historiador Luis González ha tenido a bien denominar como “matrias”, profundos proyectos culturales de nación que han estado por largo tiempo en discordia con la madre-patria como modelo civilizatorio unívoco.

Las salidas de la guerra corresponden de una u otra manera a las salidas del laberinto por el que transita esta compleja identidad colectiva. Una sociedad históricamente situada en circunstancias tan abruptas urge una necesidad de educación en cuanto a cultura política se refiere, una forma de hacer expresos los matices y las condiciones a las que se enfrentan los parámetros de legalidad y legitimidad en este país. Sólo de esta manera: reconstruyendo nuestra urdimbre social diversa seremos capaces de romper la imagen mediática del miedo y su equivalente en política económica y social.

Requerimos una educación que nos muestre cómo organizarnos y nos haga conscientes de manera realista, no sólo del teatro social al que estamos adscritos, sino de las formas más adecuadas para el manejo de las herramientas para subvertir cualquier orden inadecuado. México debe ser el asidero donde el diálogo empático tome cuerpo como una lucha si bien en bajo perfil que esté plagada de dignidad, con el fin de evitar que nuestro país siga cayendo en lo que el Subcomandante Marcos denomina como una “nación rota”, vaticinio de una guerra contra el crimen organizado que se libra sin mucho sentido en nuestro territorio desde hace casi un sexenio.

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Una respuesta a Las salidas de la cloaca: Cómo capotear la violencia en el México narcotizado del siglo XXI

  1. Myriam Iglesias dijo:

    Buen texto, lo peor es que está verde el asunto, no se ve cerca la salida del tunel y los demás que no estamos ni con el poder, ni con el crimen organizados vemos como especatdores atónitos lo que sucede, sin poder articularnos mejor….

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